Como cada año, un número importante de chilenos mirábamos por televisión las transmisiones del Festival de la canción de Viña del Mar. El viernes abría el espectáculo el grupo La Noche. Sin embargo, Julio y yo no podíamos quedarnos mucho tiempo más mirando la tele ya que teníamos pasajes comprados con destino a Coquimbo, donde pasaríamos los últimos días del verano.
Salimos a eso de las once de la noche y justo en la entrada del edificio pillamos un taxi que dejaba un pasajero. Ese taxi nos llevó al terminal de buses Alameda. Al llegar ahí, mucha gente esperaba ansiosa subir a su bus ya que muchos, al igual que nosotros, esperaba pasar unas tranquilas vacaciones.
En el andén 4 nos esperaba nuestro bus, que era bastante cómodo. Contaba con cinturón de seguridad, pero el de mi asiento estaba incompleto. Julio ofreció darme el suyo y le dije que no importaba. “No lo uses, total… nada malo va a pasar”, dijo él… “si, tienes razón, nada malo pasará”, le respondí mientras miraba por la ventanilla como avanzaba nuestro bus con destino a la cuarta región.
Uno de los pasajeros miraba en su celular la presentación del guatemalteco Ricardo Arjona, quien pidió adelantar su show como presagio de que algo horrible sucedería a altas horas de la madrugada. Entre el sueño y el cansancio me dormí, dejando mi bolso de mano en el suelo.
A eso de las 4:30 am me despertó Julio diciéndome que mi teléfono celular vibraba. Tenía once llamadas perdidas de mi mamá. Recuerdo que la llamé y le pregunté si había pasado algo. “¿Hija, estás bien?, Hubo un terremoto en Santiago”. Fue lo único que logré entender entre el llanto de mi madre, mientras parecía sentir el temblor de su voz en mi piel mientras hablaba. En ese momento me bloqueé, no escuchaba nada más, sólo sentía que el cuerpo me temblaba de pies a cabeza. Cuando corté, le dije a Julio que llamara a su casa porque hubo un terremoto en Santiago y sólo entonces los pasajeros del bus se enteraron de lo que había sucedido.
Estábamos a la altura de Tongoy cuando eso sucedió. Cuando entramos al pueblo, las calles estaban a oscuras y muchas familias esperaban junto a los automóviles a que sonara alguna alarma de tsunami que les indicara que debían abandonar la zona costera y huir a los cerros.
El bus siguió rumbo a Coquimbo. La ciudad que solía estar siempre iluminada, esa noche estaba oscura, siniestra. Casi abandonada luego de sentir un fuerte movimiento de 6 grados que sacudió la zona. La única luz que se lograba observar era la luna llena y amarilla que parecía presenciar todo lo que ocurría. El puerto estaba cerrado en alerta por un posible tsunami y sólo uno que otro taxi circulaba a eso de las 5:45 am.
Cuando logramos tomar un taxi, el chofer escuchaba las noticias en la radio y recién ahí me di cuenta que el terremoto había sido muy fuerte. Llegamos a la casa de mi tía Jeannette, en la zona de las parcela de La Herradura cuando a penas empezaba a amanecer. Cuando entramos en la casa pude hablar con mi madre y aún estaba muy nerviosa, choqueada con lo ocurrido. Sólo me importaba saber si estaban todos bien.
Cuando fuimos a descansar un poco, cerca de la 7:35 am, me quedé mirando al techo y sentí un nuevo movimiento y pensé si estaría temblando también en Santiago. Me quedé mirando al techo sin reaccionar hasta que al fin me dormí.
Mis padres y hermanos no pegaron un ojo esa noche. Yo dormí casi una hora y me levanté a ver si había vuelto la electricidad. Al encender la televisión y vi las imágenes que pasaban sólo pude caer sentada en el sillón y no podía creer la magnitud de los daños. Las primeras imágenes del más grande terremoto que sacudió a toda la zona centro-sur de Chile me dejaron helada.
Constitución, Talcahuano, Concepción, Dichato, Iloca, Talca, Chillán… y así se iban sumando ciudades que fueron devastadas por el terremoto que despertó a todo Chile a eso de las 3:34 am del sábado 27 de febrero del año del bicentenario de nuestro país. Todo lo que la tierra no echó abajo, el mar se lo llevó unos minutos después cuando las olas arrasaron con las ciudades costeras. Ni siquiera la Isla Juan Fernández se salvó de la catástrofe.
Ese día, con mucha incertidumbre de lo que estaba sucediendo en la zona, bajamos a almorzar al puerto. En Coquimbo y La Serena, el mar también se salió sin causar grandes daños, como pareciendo decir que la fuerza de la naturaleza sigue latente.
La playa La Herradura estaba vacía. Todos los veraneantes viajaron a primera hora hacia sus lugares de origen a pesar del llamado que hacían las autoridades de no viajar debido a los graves daños que sufrieron muchas carreteras y que podrían provocar graves accidentes.
Aún no reacciono del todo ante este inmenso caos, sólo espero que el tiempo pase pronto y nos haga dejar en el recuerdo estos terribles momentos que vive Chile. Sé que mi país se levantará nuevamente y mirará hacia atrás este acontecimiento como una terrible, cruda y dura prueba que nos pone la vida y la fuerza de la naturaleza, pero sé que saldremos adelante. ¡Viva Chile mierda!