Como olvidar la marcha de los pinguinos…
Mis jeans azules regalones y las zapatillas deportivas. Es lo más cómodo que encontré, pensando en que hay que estar preparada para salir corriendo en cualquier momento. Estaba todo dispuesto; Carolina, Fallón y yo, salimos de clases ese día martes, y caminamos por avenida Manuel Montt hasta Providencia. Una gota de sudor rodó por mi frente, es que, a pesar de haber empezado el invierno, el sol no quería marcharse y seguía con fuerza, sofocando al “Gran Santiago”. Era una jornada que prometía mucha acción…
Tomamos la micro que nos llevaría al archi nombrado Liceo de Aplicación, punto neurálgico de las movilizaciones estudiantiles. Un furgón de carabineros le hacía guardia a la entrada del establecimiento educacional, mientras los estudiantes hacían fila, con su carné en la mano, para poder ingresar al edificio.
Profesores, apoderados y curiosos, no podían dejar pasar esta oportunidad, y se instalaron en avenida Ricardo Cumming, a la espera una respuesta al petitorio que hicieron al gobierno, los dirigentes de la movilización. Y bueno, los periodistas tampoco podrían faltar… a tres semestres de terminar la carrera, hay que empezar a creerse el cuento: “señora, ¿qué opina respecto de la movilización estudiantil”, le pregunté a una mujer que se encontraba a unos metros de la entrada del Liceo, llamada Rosario Sogar. “Simplemente lo que están pidiendo es lo más justo, deberíamos haberlo hecho nosotros, los viejos, no ellos; lamentablemente, todo esto es cierto, está hace varios años atrás en la mesa de negociaciones, y no se ha hecho nada.”, dijo la mujer de cabellos negros que parecía haberse escapado en su horario de almuerzo, para ir a ver cómo estaban sus hijos, lo que pude notar debido a su traje de oficinista, sus zapatos negros de tacones y la “lonchera” de la comida en una mano. “¿Ellos no tienen derecho a llegar a la universidad?, ¿o sea, que de nosotros van a sacar obreros?, ¡no po mijita!”, siguió Sogar.
“¡A la moneda cabros!”, gritó un joven despeinado y con la corbata en la cabeza desde el segundo piso del inmueble. Así que hicimos caso al comunicado entregado por el encargado de prensa del liceo, y nos fuimos caminando hasta el Palacio de Moneda, donde había finalizando una reunión entre los jóvenes dirigentes y el Ministro de Educación, Martín Zilic.
La Alameda cortada, la fuerza pública obligando a los manifestantes a dispersarse y centenares de estudiantes apostados en plena vía pública, era el ambiente que encontramos al llegar. Mis ojos empezaban a irritarse, producto de las bombas lacrimógenas que ya había lanzado la fuerza pública. Sabía que la bufanda no me serviría precisamente ese día para apaciguar el frío, sino que se convirtió en un elemento más de trabajo periodístico.
Mezclados con la prensa acreditada, y en medio del campo de batalla, entre la policía y los estudiantes, me sentía orgullosa de mi misma, porque era la primera vez que me atrevía a asistir a un evento de tal magnitud. Apenas podía distinguir lo que estaba fotografiando, pero sabía que el trabajo que estaba realizando era ya profesional. Corrimos del “guanaco”, hablamos con estudiantes que reclamaban el mal trato por parte de los “pacos”… el teléfono móvil se convirtió en nuestro aliado, al cual recurríamos cada vez que salíamos corriendo y nos perdíamos entre la gente.
“Ya, vamos pa’ la casa mejor, chiquillas”, creía que era suficiente por hoy, así que salimos por la calle Nueva York hasta el Paseo Ahumada, y fue justo entonces que entró el “zorrillo” lanzando gases a la gente que transitaba. “Ámbar, mira”, me gritó Carolina, y al voltear, pude ver una turba de gente corriendo en la dirección en que yo estaba… Saqué mi cámara fotográfica y cuando estaba apuntando el lente, dos jóvenes, de no más de 16 años se abalanzaron sobre mí. Uno de ellos me empujó por la izquierda y me tiró al suelo, mientras el otro, por la derecha, intentó quitarme la cámara, a tal punto de arrastrarme por el suelo con ella, pero yo no quería soltarla. Hasta que el cordón del cual la sujetaba se cortó. Carolina salió corriendo tras él, mientras Fallón, llorando me miraba sin saber qué hacer. Con Fallón nos miramos y salimos corriendo tras Carolina.
Logramos interceptarla frente a La Moneda, “se escapó, Ámbar”, me dijo tristemente Carolina, entonces me dirigí a un carabinero. “Señor, soy periodista y acaban de robarme mi cámara fotográfica”, al parecer le hizo gracia mi comentario al encargado de mantener la paz y el orden, al menos en esa esquina, quien, con una leve sonrisa me dijo: “no sé qué puedes hacer, al menos yo, no vi nada”. Tras sus tranquilizadoras palabras, nos fuimos las tres periodistas, frustradas y cabizbajas, caminando hacia el metro. Esa fue mi primera experiencia como reportera en acción, sin cámara, sin fotografías, pero con la experiencia y la compañía de un gran equipo… y eso, no me lo quita nadie.