Cómo celebrar tu cumpleaños y no morir en el intento
La crónica testimonial de una joven que salió una noche para celebrar que cumplía un año más de vida, sin pensar que vería pasar sus días delante de sus ojos… en un segundo.
Los aires primaverales ya empezaban a sentirse por aquellas tardes de principios de noviembre, pero las noches seguían frías, tan frías y escabrosas como sacadas de una película de terror que ya tenía elegida a su protagonista.
Cada año, Paloma Matamala celebra su cumpleaños junto a su amiga Rocío. Se había convertido en más que una tradición… era casi un rito en el cual, luciendo sus mejores tenidas de fiesta, salían a festejar el paso de un nuevo año de sus vidas. Su cumpleaños número veintiuno, ¡tan esperado por ambas!, pues atrás quedaban las fiestas de adolescente en que pasaban por ellas antes de las tres de la madrugada, una hora prudente según sus padres que poco entendían de las costumbres de la juventud de hoy.
“La China”, como le decían sus amigas del liceo, debido a sus ojos pequeños que parecían ir disminuyendo en tamaño a medida que bebía una cerveza tras otra, estaba lista y dispuesta para salir. Esa era su noche, y sus jeans azules favoritos estaban esperándola, listos para una nueva jornada de baile y diversión. Su camiseta de color fucsia, y el chaleco verde con cierre que su madre le había regalado eran los elegidos para esa combinación perfecta. “Yo no se por qué salí esa noche… algo me decía que no debía ir, pero no hice caso… “la Chío” estaba demasiado entusiasmada como para aguarle la fiesta en el último minuto”, recuerda Paloma.
Cerca de las diez de la noche, ambas muchachas se encontraban en plena sesión de belleza. El pelo negro perfectamente planchado, las pestañas encrespadas y los labios con un brillo tenue de color rosado. Lo mejor de todo era que no tendrían que tomar micro para llegar a Bellavista, sino que un viejo amigo de barrio había hablado con su padre para que le prestara la camioneta esa noche. Ni siquiera era necesario poner dinero para la bencina pues Hugo, quien había querido desde siempre a Rocío como algo más que a una amiga, quiso darle al menos esa atención el día de su cumpleaños.
Tan puntual como siempre llegó Hugo a casa de Rocío acompañado de su hermana Alejandra quien solía acompañarlo a “carretear”, como se dice en la jerga juvenil. El infaltable ron con coca-cola hizo brillar los ojos de ambas jovencitas que se sentían las reinas de la noche. Corrieron por unos vasos pues la botella debía estar vacía en menos de una hora, ya que habían quedado de pasar a buscar a Camila, otra compañera del liceo, y por Nicole, la hermana menor de Rocío quien los esperaría en Plaza Italia.
El estrecho living de la casa se sentía más pequeño aún debido al calor sofocante luego de bailotear algunas piezas de reggaeton que tocaban en la radio a esas horas, además del humo de cigarrillo que invadía la habitación haciéndola parecer la pista de baile de una discoteca, mientras el nivel de alcohol en los vasos disminuía con la misma rapidez con que volvía a subir. Así, en menos de una hora estaban listos para irse a bailar, y el acohol con gaseosa que se habían bebido parecía ser la razón de no poder pensar en que era una camioneta de una sola cabina que debía transportar a cuatro personas por ahora, y las dos personas más a quienes tenían que recoger.
Si bien la camioneta Ford blanca que los transportaba no era un auto último modelo, para estas chicas era lo mejor que podía pasarles esa noche. “¡Podíamos beber hasta decir basta!. Total, Huguito nos llevaba a Bellavista y luego nos dejaba sanas y salvas en la casita”, recuerda irónicamente “la China”. Con seis personas en la cabina del conductor, aparcó la camioneta a unas cuadras de la discoteca “Kpital”, más conocida como “la esquina de las piscolas monstruosas”. Este boliche ubicado en la intersección de las calles Bellavista y Constitución es frecuentado por jóvenes que gustan de la música de años setenta y ochenta, y fue elegido precisamente por eso: era la prueba de fuego donde estas dos jovencitas demostrarían que habían crecido y podían codearse con personas mayores en un trato de igual a igual.
Todo era perfecto, pero la noche no es eterna y ya debían partir regreso a casa. Salieron de la disco y junto con ellos iba Álvaro, a quien habían conocido bailando dentro del local. Se fueron caminado hasta la camioneta y acordaron que “la Chío”, “la China”, Camila y Alejandra se fueran en la cabina del conductor junto a Hugo quien iba a conducir, en tanto Nicole y Álvaro se irían en la parte trasera del vehículo. Partieron rumbo a casa, pero el cansancio y el alcohol no le permitieron a Paloma seguir despierta por mucho tiempo más. Tras uno y otro parpadeo, sus ojos se cerraron sin más mientras soñaba en llegar a su casa lo antes posible, pues el chaleco nuevo no sirvió para apaciguar el frío que invadía el amanecer capitalino y que envolvía con una neblina blanca y fantasmal los cuerpos de aquellos jóvenes.
El fuerte impacto con que el automóvil dio contra el poste hizo que su cabeza se golpeara con violencia contra el parabrisas, pero la cantidad de personas dentro, todos apretados en aquel reducido espacio, impidieron que el golpe fuese peor. Sintió la sangre fría correr por su frente pero aún seguía adormecida por los efectos del alcohol. “Cuando abrí los ojos lo primero que vi fue humo, mucho humo, y como que no cachaba na’, quede en shock… lloré, lloré, lloré y seguí llorando” dijo Paloma. Cuando consiguió tomar conciencia de lo sucedido notó que su amiga Camila estaba inconsciente junto a ella. Rocío gritaba pidiendo auxilio pues a penas podía ver unos metros más allá el cuerpo de su hermana tirado sobre la calle.
En menos de un minuto la esquina de Marcoleta con Vicuña Mackenna se llenó de gente que intentaba abrir las puertas del vehículo y sacar a los jóvenes que permanecían atrapados ahí pues ambas cerraduras se había atorado. “Yo pensaba: ¡esta hueá va a explotar!… fue lo único que se me pasó por la cabeza en ese momento” dice “la China” pero en ningún momento pensó en la idea de morir, ni ella ni ninguno de sus compañeros. De una sola patada un joven abrió la puerta del automóvil, y sólo entonces la joven recobró la noción del tiempo. Fue entonces que llegó Carabineros de Chile y junto con ellos la ambulancia que los trasladaría a la Posta Central. “Cuando vi a la Camila, a “la Chío” y al Huguito en las camillas de la posta recién ahí tomé conciencia de lo que había pasado, y me di cuenta que tengo un ángel, ufffffffff, terrible grande cuidándome allá arriba” dijo “la China”.
Hoy, Hugo se recupera de la fractura expuesta que sufrió en su muñeca derecha y Roció deberá ser intervenida mañana, por segunda vez, para corregir la secuela que le dejó la fractura al fémur que no le permite caminar sin muletas hasta el día de hoy, al mismo tiempo que Paloma se juzga por no haber desistido de salir y haberse quedado en casa pues algo le decía que no debía ir. Sin embargo esta experiencia cambió su vida; hoy mira su día a día con más expectativas y ganas de vivir que antes de ese diez de noviembre, pues nunca se sabe cuando se te puede escapar la vida de las manos.