El Periodista más allá de la TV
En más de una oportunidad, durante los cuatro años que llevo estudiando esta carrera, algún profesor me ha dado el ejercicio de analizar qué significa ser periodista.
Ingenuamente en mis primeros años de estudio la pensaba como una profesión soñada, que tiene la importante labor pública y social de informar contando como principal herramienta a los medios de comunicación. Más aún, veía con admiración a quienes se convertían en líderes de audiencia en la televisión, tanto en programas informativos, como en otros de entretención, donde caben incluso los espacios de farándula.
Carente aún de experiencia propia, incluso ahora a estas alturas del camino, me guiaba por las referencias que apreciaba de profesores, de medios como Internet y de lo que captaba en forma personal, y muy poco crítica, durante mi formación académica además de lo que percibía a través de la conocida pantalla chica.
Y es que si buscamos en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española el significado de “periodista”, la ambigüedad y superficialidad de cómo es visto un profesional de esta área a nivel social no deja de impactarme, ya que como primera acepción de este término tenemos que periodista es la persona legalmente autorizada para ejercer el periodismo.
Entonces me pregunto por qué mis queridos profesores intentaron (hasta conseguirlo) convencerme de que a partir del cuarto año de la carrera me había convertido en un colega más en este competitivo mundo de las comunicaciones si, según esta descripción mundialmente reconocida, el periodista sólo es lo que es una vez que encuentra trabajo en un medio de comunicación. Como segunda acepción tenemos que el periodista es la persona profesionalmente dedicada en un periódico o en un medio audiovisual a tareas literarias o gráficas de información o de creación de opinión. Si bien esta segunda alternativa es un poco más amplia en su contexto, es sólo una pincelada de lo que se vive por dentro, y que a partir de las vivencias adquiridas estas han generado en mi, ciertos sentimientos encontrados respecto de la práctica de esta profesión.
Es que el gusto por el periodismo, a muchos de mis colegas y a mi personalmente, es como un vicio que se venía gestando silenciosamente desde la infancia. ¿A quién no le gusta la televisión? A mi por lo menos siempre me llamó la atención, aunque pasaron años para darme cuenta que me atraía en el ámbito profesional. Porque claro, una cosa muy distinta es ser espectador y otra es hacer televisión. Muchas personas se divierten, se culturizan y se informan mediante la TV, pero muy pocos valoran el trabajo que hay detrás de una teleserie o de un noticiero.
Una de las cosas que ha ido mermando, por ejemplo, mi instinto de profesional de terreno, buscando la verdad de primera mano, ocurrió hace algunos años atrás, durante la famosa “marcha de los pingüinos”, hecho histórico que marcó un renacimiento de la organización y capacidad de movilización de los estudiantes.
En esa oportunidad, inspirada para realizar un trabajo académico, me di a la tarea de buscar de primera mano fotografías y testimonios de los protagonistas de este suceso. Creyéndome el cuento absolutamente, tomé mi cámara fotográfica y mi grabadora, y junto a dos de mis colegas nos movilizamos hasta el lugar de los hechos: desde el Liceo de Aplicación, institución que fue tomada por la fuerza por los estudiantes, para luego trasladarnos hasta el temido frontis de la Universidad de Chile, en plena Alameda.
Luego de más de tres horas de reporteo, habiendo recopilado unas doscientas fotografías además de las declaraciones de algunos de los manifestantes, y en medio de un clima tan hostil como el de un campo de batalla, me dispuse a regresar a mi casa contenta por mi labor, cuando dos antisociales, aprovechándose del pánico general me tomaron por sorpresa, me tiraron al suelo quitándome mi cámara digital, arrebatándome con ella todo mi trabajo.
Claro que lo mío no fue nada en comparación con la agresión que sufrió el periodista de un medio acreditado por parte de carabineros, otro fotógrafo a quien le fue robada una costosa cámara profesional, además de los saqueos y destrozos que dejaron prácticamente devastado el transitado paseo Ahumada.
Esta experiencia me dejó varios días en un estado de “crisis nerviosa” e hizo cuestionarme en cierta manera mi vocación, o al menos sobre el desarrollo del periodismo en terreno, lo que comúnmente conocemos como reporteo, labor muy poco valorada en este medio.
Es entonces cuando me siento a analizar el concepto social que se tiene de este profesional, plasmado en el significado mismo de quienes realizan la profesión, y el pensamiento juvenil de quienes quieren de alguna manera ayudar a cambiar el mundo desarrollando una profesión tan sensible como esta, intentando convertirse en líder de audiencias, hecho que en la práctica es hoy en día una utopía juvenil.
Además de eso, me doy cuenta del costo personal que implica el desarrollar esta profesión, poniendo en juego la propia vida en busca de la verdad, e intentar que esa verdad sea conocida por la sociedad.
Si bien me queda mucho por descubrir en el mundo de las comunicaciones, espero tener más satisfacciones que sinsabores de aquí en adelante, pero lo que si me queda claro es que la labor del periodista va mucho más allá de ser un rostro visible en televisión.